Llevaban apenas unos minutos allí y Tokei ya se sentía como en casa. Empezaba a entender que hasta Bungar hubiese dicho que consideraba a aquella anciana como su a su verdadera madre y a aquella casa como a la suya propia. Intencionadamente habían llegado antes de la hora prevista, por lo que hubieron de ayudar a preparar el pequeño salón para lo que parecía iba a ser la primera ocasión especial en mucho tiempo. O al menos así se lo parecía por el brillo que veía en los ojos de los niños que correteaban alrededor. Quizás tuviese buena culpa de ello el guiso de carne que Bungar había traído en una olla tan grande que podría servir de barreño a alguno de los más pequeños.
No tardó mucho en estar dispuesta la mesa, modesta pero decorada incluso con canastos de flores, con platos y cubiertos para todos; las sillas y sillones dispuestos alrededor; y un caldero más pequeño que la olla de Bungar colocado en medio. En un abrir y cerrar de ojos los pequeños pasaron de corretear alegremente a estar sentados cada uno en su sitio, expectantes y dispuestos a comer todo lo que pudieran. La Abuela les indicó a ambos que se sentaran y, acercándose a la escalera, reclamó a los que faltaban.
- Mei - llamó -, baja, la cena está lista y los invitados han llegado.
- Ahora mismo vamos - se escuchó la respuesta.
Instantes después el crujir de la madera dio a entender que alguien bajaba por la escalera. Cuando el crujir cesó dos pares de pies se posaron el el suelo: la pequeña a la que Tokei había salvado y una joven konomi. Bungar no pudo ocultar su sorpresa y durante unos segundos se la quedó mirando hasta que Tokei, que era consciente de a quién iban a ver, le dio un codazo disimuladamente. Entonces esa era Mei, de estatura media, esbelta y de rasgos suaves, mirada inteligente y sonrisa tímida. Aparentemente y al margen de los prejuicios raciales una muchacha inocente e incluso tímida.
Al menos eso es lo que se veía a simple vista, pero Tokei sabía mucho más acerca de lo que no se veía; un escalofrío le recorrió la espalda.
No tardó mucho en estar dispuesta la mesa, modesta pero decorada incluso con canastos de flores, con platos y cubiertos para todos; las sillas y sillones dispuestos alrededor; y un caldero más pequeño que la olla de Bungar colocado en medio. En un abrir y cerrar de ojos los pequeños pasaron de corretear alegremente a estar sentados cada uno en su sitio, expectantes y dispuestos a comer todo lo que pudieran. La Abuela les indicó a ambos que se sentaran y, acercándose a la escalera, reclamó a los que faltaban.
- Mei - llamó -, baja, la cena está lista y los invitados han llegado.
- Ahora mismo vamos - se escuchó la respuesta.
Instantes después el crujir de la madera dio a entender que alguien bajaba por la escalera. Cuando el crujir cesó dos pares de pies se posaron el el suelo: la pequeña a la que Tokei había salvado y una joven konomi. Bungar no pudo ocultar su sorpresa y durante unos segundos se la quedó mirando hasta que Tokei, que era consciente de a quién iban a ver, le dio un codazo disimuladamente. Entonces esa era Mei, de estatura media, esbelta y de rasgos suaves, mirada inteligente y sonrisa tímida. Aparentemente y al margen de los prejuicios raciales una muchacha inocente e incluso tímida.
Al menos eso es lo que se veía a simple vista, pero Tokei sabía mucho más acerca de lo que no se veía; un escalofrío le recorrió la espalda.
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