Mei salió a la plaza poco después de amanecer. Aún estaba somnolienta, no había dormido ni mucho ni suficientemente bien aquella noche, pero no podía faltar a su cita. Se cerró la capa y se ciñó la capucha, como solía hacer cada vez que salía a la luz del día, y miró alrededor. Era poco el tiempo que llevaban allí los mercenarios, apenas un par de semanas, pero el aspecto de la plaza había cambiado radicalmente: las tiendas circundaban casi todo el perímetro, ocupadas por más soldados de los que llegaron la primera noche, y una gran lona cubría toda la parte central. Los comerciantes, viajeros y transeuntes que antes llenaban la plaza se habían viso relegados a las callejuelas aledañas, pero no parecía importarles; el ambiente en la plaza era mucho más pacífico y seguro desde que estaban allí, y poco más ajetreado.
Mei, pasando por la parte más abierta, que se enfrentaba a la casa de la Abuela, se dirigió hacia dentro del campamento. Un par de miradas curiosas vigilaron su avance, pero al ver su destino perdieron toda preocupación.
- Me dijo Bungar que querías verme - dijo cuando estuvo cerca del enigmático compañero del grandullón que dirigía el grupo.
Tokei levantó la vista y le acercó un cuenco con gachas.
- Muy puntual, supongo que no habrás desayunado.
No habían vuelto a cruzar palabras desde la cena en casa de la Abuela días atrás, pero se habían encontrado varias veces desde entonces y en todas ellas se había sentido tan desconcertada por su actitud como aquella noche. Pretendía mostrarse cordial, pero sus ojos lo desmentían; la miraba con recelo, con sospecha. No le gustaba.
- Supongo que me habrás hecho venir hasta aquí afuera para algo más que ofrecerme un cuenco de gachas frías - le espetó al tiempo que cruzaba los brazos.
- Puntual y con carácter, sin duda. Pero relájate, aquí afuera, como dices, estás entre amigos; no importa la curva de tus ojos. Tengo algo que proponerte que creo te interesará, pero primero come algo. Por cierto, no están frías.
A regañadientes Mei se sentó en un tocón de madera y aceptó el cuenco. Lo cierto es que humeaba.
- Y bien, supongo que podrás decirme de qué se trata mientras tanto - insistió Mei a la vez que intentaba enfriar un poco el desayuno. Había dado su brazo a torcer por el momento, pero no se sentía muy cómoda en aquella compañía y cada vez estaba más ansiosa por marcharse.
- Bueno, podría decirse que ha llegado a mis oídos cierto... malentendido que tuviste con alguna chusma del barrio; y también ciertas sospechas de que el golpe que tenías en el brazo era más bien una herida.
Mei entrecerró los ojos por la afirmación y le dirigió una mirada que poco explicación necesitaba.
- No me mires así, ¿o me vas a decir ahora que esperabas que esa dulce ancianita con la que vives se tragase el cuento del resbalón el el tejado?
No tubo más remedio que resignarse y seguir con su comida.
- Pues dicho esto lo siguiente es bien fácil. Me propongo enseñarte a defenderte.
Mei, pasando por la parte más abierta, que se enfrentaba a la casa de la Abuela, se dirigió hacia dentro del campamento. Un par de miradas curiosas vigilaron su avance, pero al ver su destino perdieron toda preocupación.
- Me dijo Bungar que querías verme - dijo cuando estuvo cerca del enigmático compañero del grandullón que dirigía el grupo.
Tokei levantó la vista y le acercó un cuenco con gachas.
- Muy puntual, supongo que no habrás desayunado.
No habían vuelto a cruzar palabras desde la cena en casa de la Abuela días atrás, pero se habían encontrado varias veces desde entonces y en todas ellas se había sentido tan desconcertada por su actitud como aquella noche. Pretendía mostrarse cordial, pero sus ojos lo desmentían; la miraba con recelo, con sospecha. No le gustaba.
- Supongo que me habrás hecho venir hasta aquí afuera para algo más que ofrecerme un cuenco de gachas frías - le espetó al tiempo que cruzaba los brazos.
- Puntual y con carácter, sin duda. Pero relájate, aquí afuera, como dices, estás entre amigos; no importa la curva de tus ojos. Tengo algo que proponerte que creo te interesará, pero primero come algo. Por cierto, no están frías.
A regañadientes Mei se sentó en un tocón de madera y aceptó el cuenco. Lo cierto es que humeaba.
- Y bien, supongo que podrás decirme de qué se trata mientras tanto - insistió Mei a la vez que intentaba enfriar un poco el desayuno. Había dado su brazo a torcer por el momento, pero no se sentía muy cómoda en aquella compañía y cada vez estaba más ansiosa por marcharse.
- Bueno, podría decirse que ha llegado a mis oídos cierto... malentendido que tuviste con alguna chusma del barrio; y también ciertas sospechas de que el golpe que tenías en el brazo era más bien una herida.
Mei entrecerró los ojos por la afirmación y le dirigió una mirada que poco explicación necesitaba.
- No me mires así, ¿o me vas a decir ahora que esperabas que esa dulce ancianita con la que vives se tragase el cuento del resbalón el el tejado?
No tubo más remedio que resignarse y seguir con su comida.
- Pues dicho esto lo siguiente es bien fácil. Me propongo enseñarte a defenderte.
0 comentarios:
Publicar un comentario en la entrada