- Nada - respondió Tokei tranquilamente, mudada de nuevo su expresión a una calma total -. Nada que no hubiera podido evitarse - se apresuró a aclarar al ver que la expresión de su interlocutor se endurecía rápidamente como claro síntoma de que la respuesta no le satisfacía en absoluto -, si este soldado supiese contener su sucia lengua y abstenerse de insultar a los que sin duda merecen más respeto que él.
Un aparentemente casual movimiento para volver a ajustarse la capa sobre los hombros tras los repentinos movimientos de instantes antes dejó a la vista en su peto de cuero una insignia a la que nadie había prestado atención hasta el momento.
Como por arte de magia el creciente enfado del soldado se convirtió de inmediato en una mezcla de aprensión y respeto. Hasta balbuceó un intento de disculpa antes de propinar un puntapié al que se estaba levantando y comenzar una diatriba de imprecaciones que casi parecían ladridos contra sus dos subalternos. Ni Tokei ni Mei le prestaban atención; habían salido por la puerta de la ciudad y se dirigían a un lugar tranquilo en el que entrenar.
- Un préstamo de Burgar, por si algún soldado se empeñaba en causarnos problemas - aclaró Tokei cuando vio que Mei lo miraba insistentemente.
Pero Mei no pensaba en la insignia que a buen seguro los había sacado de más de un posible apuro momentos atrás. Miraba sorprendida a Tokei, sorprendida por su actuación en el enfrentamiento. Jamás habría imaginado que el carácter de Tokei, tranquilo y reflexivo como había llegado a conocerlo desde que la entrenaba, podía dar paso a una furia contenida tal que hasta a ella la había sobresaltado.
Pensaba sorprendida e intrigada en ello, en las consecuencias que podrían llegar si la situación se escapaba de su control. Quizás por ello su mente no se detuvo a reflexionar sobre otro suceso extraño en lo ocurrido: no era la primera vez que oía esas voces, no era la primera vez que se cruzaba con esos soldados.
Y en la ocasión anterior las circunstancias habían sido muy distintas.
Un aparentemente casual movimiento para volver a ajustarse la capa sobre los hombros tras los repentinos movimientos de instantes antes dejó a la vista en su peto de cuero una insignia a la que nadie había prestado atención hasta el momento.
Como por arte de magia el creciente enfado del soldado se convirtió de inmediato en una mezcla de aprensión y respeto. Hasta balbuceó un intento de disculpa antes de propinar un puntapié al que se estaba levantando y comenzar una diatriba de imprecaciones que casi parecían ladridos contra sus dos subalternos. Ni Tokei ni Mei le prestaban atención; habían salido por la puerta de la ciudad y se dirigían a un lugar tranquilo en el que entrenar.
- Un préstamo de Burgar, por si algún soldado se empeñaba en causarnos problemas - aclaró Tokei cuando vio que Mei lo miraba insistentemente.
Pero Mei no pensaba en la insignia que a buen seguro los había sacado de más de un posible apuro momentos atrás. Miraba sorprendida a Tokei, sorprendida por su actuación en el enfrentamiento. Jamás habría imaginado que el carácter de Tokei, tranquilo y reflexivo como había llegado a conocerlo desde que la entrenaba, podía dar paso a una furia contenida tal que hasta a ella la había sobresaltado.
Pensaba sorprendida e intrigada en ello, en las consecuencias que podrían llegar si la situación se escapaba de su control. Quizás por ello su mente no se detuvo a reflexionar sobre otro suceso extraño en lo ocurrido: no era la primera vez que oía esas voces, no era la primera vez que se cruzaba con esos soldados.
Y en la ocasión anterior las circunstancias habían sido muy distintas.
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